martes 31 de marzo de 2009
Happy birthday? Not for me!
¡Porque sí! ¡Ha cundido el pánico! Ha cundido el pánico de forma letal, pero... ¡joder! tengo diecinueve putos años. Cada día falta menos para los veinte, y, entre nosotras, no estoy psicológicamente preparada para dejar de tener un uno delante.
Y, por si os lo estabais preguntando, no, todavía no sé que hacer con lo que me está empezando a hacer sentir Fran. Somos sólo amigos, y a falta de tres días para que venga Sergio, ni unos sentimientos nuevos y totalmente desconocidos, ni un ejército de pepinillos rosas en vinagre bailando una sardana podrían hacerme pensar en otra cosa.
Pero bueno... os estaba hablando de mi cumpleaños. ¿Veis? Tengo una capacidad innata para irme por los cerros de Úbeda (Jaén).
El caso es que el día de mi cumpleaños fue bastante aburrido; la verdad es que ni siquiera fue especial. Ni siquiera parecía mi cumple, para ser sincera.
Aunque, si os digo la verdad, mis cumpleaños nunca han sido especialmente… especiales. A lo mejor es porque no tengo padre, o a lo mejor es porque nunca he tenido demasiados amigos… pero mis cumpleaños tienen tendencia a ser aburridos y a deprimirme hasta el límite de lo imposible.
Sin embargo, siempre recordaré el día de mi sexto aniversario como el más especial; y no porque tuviese un exceso impresionante de regalos, o porque tuviese la leche de amigos, que no los tenía; si no porque...
Se habían apagado las luces, y estábamos solas mi madre y yo, en la cocina de casa, iluminadas sólo por la vela blanca y roja, con forma de número seis.
Mi madre siempre había sido absolutamente guapa. Y absolutamente joven también. Los vecinos, con maldad, normalmente, le decían: “Ay, Elianita, qué hermana más guapa has tenido”cuando me llevaba en la sillita. Y ella, muy digna, les decía que yo era su hija (según ella con un orgullo que va más allá de toda lógica). Pero esa parte de la historia no la supe hasta un par de años después, y, ¿veis?, ya me estoy desviando de la historia.
El caso es que mi madre, que por aquel entonces en el que yo hacía seis años tenía veintiún añitos recién cumplidos, después de encender la vela, me acarició el pelo (tiene el costumbre de hacerlo normalmente, incluso ahora... yo creo que es porque le recuerda a mi padre...) y me lo apartó de delante de la cara, antes de sentarse a mi lado y mirarme fijamente durante un rato. ¿Nunca os ha puesto nerviosas una mirada? Porque a mí la mirada que mi madre me dedicó en ese momento me asustó mucho, de hecho, a veces, al recordarla, me pongo nerviosa y todo. Pero es que me miraba como si fuese lo más importante en su vida, y al mismo tiempo como si tuviese miedo... no sé... muy raro.
Me dedicó una sonrisa (esa sonrisa con la que me miraba cada día al despertar y cada noche cuando me tapaba en la cama) y apoyó ambas manos, entrelazadas, en la mesa.
—Tienes que soplar, Eve—me dijo entonces, con esa dulzura que es tan inherente a mi madre.
Y yo, como buena hija que soy, le obedecí.
Cuando la vela estuvo apagada, la oscuridad se apoderó de la cocina, y la única luz que entraba, era la de la farola, colándose por un hueco entre las persianas, la voz de mi madre consiguió un efecto nunca antes visto en mí. Consiguió que me quedase clavada en el sitio y la mirase con los ojos como platos.
—¿Sabes por qué la gente dice, cuando vamos por la calle, que pareces mi hermana?—preguntó con suavidad.
Yo negué muy rápido y muy fuerte con la cabeza. Como una niña de seis años, vaya.
—Porque la gente es mala, cariño. La gente es muy mala—me dijo mi madre, con una dulzura inexplicable, teniendo en cuenta sus palabras.—Y, por esa gente, se supone que debería avergonzarme de ti, y esconder a la cosa más bonita que me ha pasado en la vida, simplemente porque no llegó del modo... convencional...
Yo me quedé callada. No entendía muy bien a que venía todo aquello, aunque lo entendí con el paso del tiempo, claro...
—No dejes nunca que las opiniones de los demás te hagan cambiar, cariño—me dijo luego, acariciándome el pelo con aire pensativo—que cambien ellos de opinión si tú no les gustas, pero tú no cambies.—Haz lo que quieras a cada momento, aunque a los demás les parezca que está mal...
—Mami...—yo no me enteraba de nada, para ser sincera.
—Lo aprendí de tu padre—explicó ella con voz suave.
Entonces sí que abrí los ojos como platos de postre. No sabía de la existencia de un padre para mí.
—¿Un padre... mío?—como podéis ver, con seis años recién cumplidos, era un poco tonta.
—Si, cariño...—el tono de voz de mi madre se volvió casi soñador.—Era guapo, muy, muy guapo... y demasiado bueno...
Os preguntaréis como es eso de que es bueno si engañó a su mujer por estar con mi madre, supongo. El caso es que él estaba trabajando aquí, que fue donde él y mi madre se conocieron, y él se coló por mi madre (reconozcámoslo, por ahí por Europa, los hombres de veinticinco años sienten bastante debilidad pro las jovencitas de quince), así que le propuso irse con él, y con él se fue Elianita Romero. Mi madre.
El caso es que cuando yo nací, y mi madre se enteró de que él tenía más hijos (más que nada porque tenía aires de experto en eso de darme el biberón y hacer que no llorase) le echó una bronca tremenda, pero, pese a todo, él no quería dejar a mi madre sola conmigo. Estaba dispuesto a sacrificar toda su vida por lo que sentía por Elianita Romero. Por lo que sentía... por mí.
—¿Y donde está el padre... mío?—pregunté un poco vacilante.
La sonrisa de mi madre, en ese momento, se tornó un tanto amarga.
—En Irlanda... con tus hermanos—explicó luego.
Entonces sí que me quedé totalmente a cuadros y topos.
—Hermanos...
—Si, cariño... pero nada de eso importa; sólo que cuando tomes tus decisiones, pienses antes en ti, no como hice yo...
Porque dejó escapar a mi padre por el bien de sus otros hijos, negándome así, a mí, la posibilidad de crecer en un hogar normal.
Y la verdad, no me importa, porque eso demuestra la gran calidad moral que tiene la, según los vecinos, puta de Elianita Romero.
Así que sí... no me gusta demasiado mi cumpleaños.
El último lo celebré con Fran y Alberto, tomándonos unos cafés cutres de la máquina de la facultad, y con un par de abrazos de oso por parte de Alberto, y un beso en la mejilla, acompañado de una mirada un tanto extraña de parte de Fran.
Pero bueno... faltan tres días para que venga Sergio...
Y personalmente estoy que me muero ante la perspectiva. Tal vez eso me ayude a olvidar la tontería que me ha dado con Fran.
En fin...
Ya os contaré.
Mientras tanto, chicas... pasároslo bien, follad mucho, vosotras que podéis, y portaos mal. Siempre.
martes 17 de febrero de 2009
Masaje hacia el desastre
Si, por norma general la gente me llama Eve (Alberto me llama Lyn, pero porque para él cada persona tiene que ser especial, y esa es su forma de que yo lo sea para él; o algo así me dijo), poque cuando me llaman Evy soy capaz de soltarle a alguien un mordisco en plena yugular; y como eso, entre nosotras, está penado por la cárcel, tengo que joderme y pasar de ello.
Esa reticencia viene a que Sergio me llamana Evy. Lo hacía bajito, en mi oído, cuando me abrazaba. Me lo susurraba contra la piel de la garganta cuando se ponía cachondo, y, en resumen, era su forma especial de llamarme; y si alguien (que no sea mi abuela, o Sergio) se atreve a llamarme por ese nombre, probablemente le retire la palabra. Eso lo tengo muy claro.
O al menos, lo tenía muy claro.
Todo empezó el miércoles pasado, que tuvimos examen de literatura.
Fran siempre es el primero en salir de los exámenes; la verdad, no sé como lo hace, porque parece que no echa ni quince minutos dentro y saca unas notas envidiables (incluso por Alberto, que es un cerebro andante).
El caso es que yo salí detrás de él. No sé hasta que punto es delictivo confundir Jane Eyre con Agnes Grey; vale que uno sea de Charlotte y otro de Anne, pero las dos son Brontë... Pues eso, que salí del examen con la espalda echa un asco, y vi a Fran sentado en las escaleras que hay delante de mi clase. Y os puedo jurar por dios que no hay persona en el mundo que tenga un aspecto más aterradoramente sexy despatarrado de cualquier forma, con la chupa de cuero cayéndole un poco de los hombros y el pelo tapándole los ojos.
Vale. Si. Se me aceleró el corazón (pero fue culpa total de las hormonas, no mía). El caso es que él me dedicó una sonrisa e hizo un gesto, palmeando las escaleras a su lado; así que yo me acerqué y me senté junto a él.
—¿Qué tal el exámen?—me preguntó, al tiempo que me dedicaba una sonrisa, bueno, “esa” sonrisa de perro repantigado.
—Horrible—dije en voz baja, mientras me acurrucaba contra él. ¡No penséis mal! Somos amigos, y en esos momentos necesitaba alguien que me dijese que todo iba a estar bien, que no me había salido tan mal. Joder, yo que sé. Necesitaba a un amigo. Y él lo era. Aunque desde el día que me vio a acompañar a casa, después de tomarnos un helado, está un poco raro, como más serio, no sé...
¿Sabíais que Fran sabe dar masajes? ¿No? ¡Pues ahora ya lo sabéis!
—Tienes la espalda tensa—me dijo mientras empezaba a sobar un poquito en la zona de las lumbares, que, por cierto, tenía destrozaditas de dolor.
—Normal...—le dije soltando un suspiro—Esa mierda de mesas son la tortura medieval más retorcida que ha parido madre.
Y él esbozó una sonrisa y después se apartó de mí. Se pasó, con un movimiento, al escalón de arriba y me quitó la chaqueta (en ese momento, os lo juro, me quedé a flores, porque la última persona que me quitó una prenda de ropa fue Sergio, y de eso hace mucho). Por debajo sólo tenía una mierda de camiseta de estas transparentes con mangas acampanadas, pero en la clase, con la calefacción no hace frío... en los pasillos la historia cambia.
—Fran... que hace frío—protesté intentando recuperar mi chaqueta.
Pero él pasó de mí. Sí, sí, como lo oís. Pasó de mí y se acercó a detrás de mí, dejándome sentada entre sus piernas. Me pasó las manos (tiene unas manos enormes, por cierto) por los brazos durante un rato, y después empezó a sobarme la espalda.
Y joder, no tenéis ni idea de cómo molaba (aunque os gustaría, ¿a que sí?... y ahora estaréis empezando a odiarme).Es que Fran iba a estudiar Fisioterapia, pero como es un perro con todas las letras, estudió lo justo para que no le diese para ello, porque era la carrera que su padre quería, no él.
Fran es agradable, y a mi me gusta (no sexualmente, ya aviso) la gente agradable, porque casi siempre hacen las cosas guay, y los masajes de Fran son la cosa más guay del mundo. No me relajan todo lo que deberían relajarme (porque alguien que te toca con unas manos así... vamos, no te relaja, precisamente...), pero... al menos la espalda deja de doler, invariablemente.
El caso es que después de dicho masaje me rodeó la cintura, si, esa cintura mía que parece la cintura de cuatro modelos de pasarela atadas con un cordel, con los brazos. Y claro, yo ya no tenía frío. Ni siquiera ganas de quejarme, la verdad.
—Gracias por el masaje—dije en voz baja y sin mirarlo. De hecho lo dije en voz tan, tan baja que creí que no me había escuchado, pero entonces pegó su pecho a mi espalda (que seguía tensa, pero no por el examen, al menos, ya no) y su mejilla izquierda, con un poco de barba, a la mía derecha.
—No tienes por qué darlas, Evy—me dijo con un tono tan suave que me hizo estremecer.
Porque nunca, nadie, ni siquiera Sergio, había pronunciado mi nombre con tanta suavidad. Y sé que debería haberle mordido la yugular por llamarme Evy, pero es que estaba conteniéndome para no mordérsela por otros motivos menos castos y más sexuales; porque... creo que me gusta... sexualmente.
miércoles 4 de febrero de 2009
Merienda con chocolate
Ya conocéis a mis amigos, y mi escasa vida sexual. Así que, todo lo que queráis saber sobre mí, no tenéis más que preguntarlo, porque ahora hay confianza y esas cosas y ya se sabe.
El caso es que, el otro día, para suplir mi escasa vida sexual, que, la verdad, es precaria, me puse a leer un libro llamado Un amante de ensueño. Y vale. Si ya de entrada te preguntan si necesitas que te echen un buen polvo, si gracias, con mucho sudor. Y es que joder, ¿dónde coño venden a tíos como Julian? No sé. Yo necesito un tío de esos, porque si no me volveré lesbiana. O asexual. O monja. Oh, dios santo. Que alguien me salve de este destino cruel.
El otro día me llamó Sergio. Hacía mucho que no hablábamos, la verdad. Desde el verano no habíamos vuelto a dirigirnos la palabras hasta el otro día. Y la verdad, la separación fue traumática. Pero el hecho de volver a hablar con él después de tanto tiempo, me ha hecho replantearme hasta que punto he hecho bien quedándome y estudiando en lugar de irme con él a Canarias.
Y todo porque me ha dicho que va a venir para Carnavales. Que vale, los Carnavales de Canarias son la polla en verso, pero él ha dicho que quiere venir a pasarlos con su familia, y que el hecho de que mi cumpleaños caiga cerca de esas fechas no tiene absolutamente nada que ver. Vale, majo, te creo. Pero si me has echado de menos mitad de la que te he echado yo, no tendrías tantas ganas de volver a verme. Porque a lo mejor sales lisiado sexual de por vida.
En otro orden de cosas, Alberto y Fran se han ido a vivir juntos. Porque a Fran lo han echado de su piso de antes por llevar a demasiadas chicas, así que ahora tengo que tener cuidado de que no se enrollen esos dos, aunque no, porque Alberto tiene chico. Sip. Lo de la fiesta, con el tío de Ciencias de la Comunicación funcionó. Así que cuando él, que se llama Rafa, va a su piso, terminamos Fran y yo en alguna cafetería, hablando de los profesores, de la carrera, de sus ligues o de cualquier cosa sin importancia.
Y creo que ya os lo he dicho, pero nos pasamos la vida tonteando. Pero eso es cuando estamos con Alberto o con más gente, cuando estamos solos es un cielo de chico. Sigue siendo un pendón desorejado. Si. Pero lo que tiene de cielo no se lo quita nadie. Si el martes, que Rafa subió a su piso, fuimos a una heladería y pedí una copa de cinco chocolates (he de confesar que el chocolate es mi mayor vicio actual). Y el muy imbécil (lo diría en serio si no fuese tan mono) se pasó la tarde embadurnándome la cara con chocolate y luego me daba un beso lametón con la excusa de limpiarme.
Tal vez diréis que quería aprovecharse, o pillar cacho, o algo; pero la verdad es que nos pasamos la vida besuqueándonos entre los tres, pero es cuando estamos los tres. Y no sé, me he sentido rara. Aunque ya os he dejado claro que no podría colarme nunca por Fran. Porque no es mi tipo. Aunque las cosquillitas que me hacían sus besos cerca de la oreja eran un poco extrañas.
Pero de nada importan. Falta poco para que venga Sergio y lo demás, apenas importa. Porque no he dejado de quererle. Ni de echarle de menos. Ni de querer volver con él. Y no importa nada lo demás. Sólo que voy a verlo. Por fin.
El caso es que ese día Fran me acompañó a casa. Y se despidió de mí un poco raro. Estaba demasiado cerca y se pasó un buen cacho mirándome a los ojos fijamente. Y los suyos son preciosos. Más azules cuando les da la luz, más grises cuando no. Entonces me acarició la mejilla con los nudillos, que, por cierto, estaban helados, y bajó con la barbilla y por la garganta, y al final se paró en la clavícula. Me dedicó esa sonrisa suya, asquerosamente bonita y después, dándome un beso en la frente, se fue. Sin decir adiós siquiera.
No sé. La verdad es que me dejó un poco muy tirando a demasiado desconcertada. Porque él está muy bueno. Joder. Está más bueno que el pan con Nocilla pasado por el microondas. Y no es normal que un tío que está más bueno que la media (y que supera la media en muchas más cosas) se comporte así conmigo. Porque estoy segura al cien por cien de que no lo ha hecho por que le guste. Aunque la verdad. No lo sé. Y prefiero no pensar en ello.
Porque voy a volver a ver a Sergio. Y nadie tiene ni idea de las ganas que tengo de volver a verle. Y besarlo. Y follármelo si se deja, claro.
Pero prefiero no pensar en nada hasta que vuelva a abrazarme. En serio.
Y ya me voy despidiendo, que os he dado la murga hoy de cuidado. Por cierto, queriditas, si queréis que os cuente cualquier tipo de anécdota de mi infancia, o cualquier dato sobre mí, que queráis saber, preguntad y os lo contaré la próxima vez que pase por aquí.
Eso. ¡Y a contarme intimidades, panda de reprimidas! Que yo os cuento todo lo que me pasa, con pelos y señales. He dicho. Porque esto, si no es recíproco, no mola nada. Así que ya sabéis.
sábado 24 de enero de 2009
Son mis amigos... y yo no tengo vida sexual
Y sí, el otro día me pase todo el rato que estuve con vosotras despotricando como una loca a cerca de la poca vida sexual que tiene el universitario medio, pero el otro día fui con dos amigos a una fiesta. Y es verdad, todavía no os he hablado de mis amigos, pero es que apenas nos estamos conociendo vosotras y yo, chicas.
Mis amigos se llaman Fran y Alberto. Y son la mar de monos y la mar de majos. Alberto es gay. Me lo dijo el día que lo conocí. Y la verdad es que la cosa fue un poco chunga, porque, nada más sentarnos en la cafetería a tomar nuestro primer café de amigos, tuvimos una conversación un poco rara:
“—Oye, Eve, ¿a ti te molesta que sea gay?”
Yo me lo quedé mirando con cara de “qué cojones me estás preguntando” y luego esbocé una sonrisa (que no es por presumir, pero me encanta mi sonrisa) y le dije que no, para nada.
“—Pues menos mal, porque todos mis amigos me han dejado de lado cuando salí del armario, ya me entiendes.
—Pues menudos amigos, ¿no?”
Si, chicas, así soy yo. Sincera hasta el punto de llegar a ser una borde sin escrúpulos. Pero ante todo, una buena amiga, o al menos, así me gusta considerarme, y ahora adoro a Alberto con todo mi corazón.
Porque es como un angelito. Rubio y de ojos azules. Con una sonrisa de niño que hace que yo me ponga toda maternal. Es un cielo de chico y le quiero mucho. Aunque sólo hace cuatro meses que nos conocemos.
Fran… Fran es más complicado de explicar. O tal vez no. El caso es que está muy bueno. Muy bueno de nuestro señor. Es el típico tío que, a no ser que tengas unas tetas impresionantes (que las tengo, según Sergio) y el culito respingón (que no tengo, por mucho que Sergio haya intentado convencerme de ello), tan sólo puedes tener como amigo. Y la verdad es que no me importa. Porque si, Fran está muy bueno, tiene el pelo negro, un poco largo, y los ojos claros, en algún punto entre el azul y el gris; de estos que logran que te tiemblen hasta los calcetines. Además, es hetero.
Pero una servidora ya está curada de espanto en lo que a enamorarse de los amigos se refiere, y además, Fran es… ¿cómo decirlo para que suene finamente?... bueno, vale, ahora que ya hay confianza nos dejaremos de finuras. Fran es un puñetero pendón desorejado.
Me consta que en lo que llevamos de cuatrimestre se ha cepillado a unas doce chicas de hispánicas, que, no es por nada, pero menuda suerte tienen las muy putas. Aunque no es que esté celosa, porque Fran no es, para nada, mi estilo de chico. Me recuerda un poco a lo que mi madre me ha contado de Josh Wills. Ese que se supone que es mi padre, y aunque mi padre fuese rubio, el sistema comunicativo que usaba es parecido, bastante parecido, de hecho, al que usa Fran.
¿Veis? Me enrollo hablando y luego se me olvida de lo que os estaba contando. ¡Ah, si! De la fiesta a la que fuimos el jueves pasado.
El caso es que me puse bastante mona para la ocasión. Porque para una oportunidad que tengo de pillar cacho no la voy a desaprovechar; así que me puse un vestido un poco más arriba de la rodilla y unos taconazos de estos que me hacen parecer la versión gorda de Claudia Schiffer.
Alberto hasta hizo gorgoritos cuando me vio, y Fran, bueno, él se dedicó a mirarme el escote y reírse. La verdad es que mi amistad con él es una especie de cosa malsana. Tonteamos sin segundas intenciones, sólo por el hecho de tontear, y nos vacilamos. Luego yo le digo que soy su esclava sexual y él se ríe solo, el muy imbécil. Pero aún así es una monada.
La fiesta fue genial. De estos cruces entre orgía y bacanal, donde el alcohol corre como agua y todas las tías van lo suficientemente borrachas como para que no les importe que alguien les meta mano. De hecho, Fran se puso las botas. Alberto y yo nos quedamos en un rincón, ojeando el ganado, o bueno, mirando a los tíos que había por allí.
Y Alberto triunfó con un chico de tercer año de Ciencias de la Comunicación, y Fran, bueno, la última vez que lo vi estaba con dos chicas de cuarto año de Arquitectura Superior, y parecía muy ocupado, así que, como yo, obviamente no iba a pillar cacho, y los pies me estaban machacando totalmente, me descalcé y me fui andando a mi pisito.
Me alegraba mucho por Alberto. Y me alegraba también por Fran, aunque tal vez, si lo que cuchicheaban las de hispánicas en el baño era cierto, fuese más aconsejable alegrarse por las de Arquitectura, porque… bueno, digamos que la apariencia no era lo único bueno que tenía Fran.
Y mientras caminaba por la carretera un poco mojada, y descalza, me entró una estúpida añoranza, de esta que te hace necesitar un abrazo a toda costa.
No sé, tal vez sueñe un poco estúpido, o algo por el estilo. Pero el jueves, volviendo a casa, cuando mis amigos habían triunfado y seguramente estarían follando, sin acordarse de mí para nada, a mí me entró esta cosa tan estúpida llamada morriña (melancolía para los profanos).
Y decidí que echaba a Sergio demasiado de menos.
miércoles 21 de enero de 2009
De vidas no sexuales, o soy una salida sexual
Me llamo Evelyn Wills, pero todo el mundo me conoce como Eve, o Evy, cuando quieren conseguir algo (que probablemente y en principio no esté dispuesta a conceder); tengo dieciocho años para diecinueve, y la descripción más acertada que podría hacer de mí es la que Kurt Cobain hizo por última vez de sí mismo. Soy una criatura voluble y lunática. Y añadiría algo así como neurótica y, o caprichosa; pero eso ya sería de cosecha propia.
A veces me pregunto por qué estamos aquí, ya sabéis, cuál es nuestra función en el mundo y todas esas cosas. Si. Lo sé, a veces me pongo filosófica, que sería la traducción más o menos culta de lo que yo estaba diciendo.
Es que cuando me meto el chute de cafeína en vena, las neuronas, que normalmente luchan entre sí para deshacerse de las telarañas que las cubren, se ponen a funcionar, pero lentas, que vamos, si por ellas fuesen serían funcionarias del estado y todo.
El caso es que el otro día, estando en la facultad, me puse a pensar en cosas un poco extrañas, pero bastante plausibles, tal vez. ¿Si viene un estudiante de Erasmus y se enamora de mí, cuánta parte de culpa tiene el destino y cuánta la decisión que él tomó? Por otra parte… ¿cuántas posibilidades hay de que un estudiante de Erasmus se enamore de mí? Si. Tenéis razón. Cero al redondo.
Y no es que sea fea, porque al menos heredé de mi padre lo bueno de sus genes ingleses y soy aceptablemente rubia. El caso es que, no sé, tal vez me han programado así en la fábrica, tendré que preguntarle a mi madre, pero es que los hombres parecen huir de mí. Y ella muy contenta que está de ello, que dice que no quiere que me pase lo mismo que a ella. A veces me emociono de lo mucho que me quiere. Nótese el sarcasmo. Mi madre no quiere que tenga vida sexual.
No es que sea muy alta, ni tampoco lo suficientemente delgada para estar socialmente bien vista; pero joder, soy rubia y pechugona, y eso a los tíos se supone que es lo que les mola.
Bueno, tal vez hablando así parezca un cruce entre una jubilada en un local de strippers y una adolescente en plena ebullición hormonal. Aunque… ¿a quién pretendo engañar? Todavía soy una adolescente con el subidón de hormonas; sólo que ahora intento controlarme de vez en cuando… porque si no los pobres intentos de filólogos que me rodean cada día, acabarían completamente traumatizados.
Y bueno, para ser completamente honesta, tendría que contaros que sí, una vez tuve novio. Una vez que, dicho así, parece muy poco; pero estuve con él desde los quince años hasta los dieciocho, que lo dejamos porque yo me venía a la Universidad y él se iba a trabajar a Canarias con su padre. Y si. Lo echo mucho de menos, a veces. Sobre todo por las noches, no tener con quien hablar por teléfono o alguien que me llame “cosita” antes de besarme el pelo.
Pero me estoy poniendo demasiado nostálgica, y eso no es bueno para nada. Porque soy capaz de tirarme de cabeza encima del teléfono, abrirme la frente como para llevar puntos, en el proceso, y luego llamar a Sergio y decirle que le necesito. Y sé que él es capaz de pillar el primer avión que salga de Canarias para venir a mi lado, a abrazarme. Porque la separación fue traumática. Totalmente.
Y vale. Debería alegrarme de que estoy libre para participar en esas locas orgías universitarias; pero estoy prácticamente segura de que eso solamente era una engañifa del merchandaisin para que nos matriculásemos. Porque de momento, en el cuatrimestre que va, el sexo ni olerlo. Y joder, tampoco es que esté salida, pero eso es como una droga, cuando lo pruebas quieres más; el problema es que no es como andar en bici. Porque si luego se te olvida está chungo lo de volver a pillarle el tranquillo. Y jolines, yo no quiero que se me olvide.
Aunque claro, Elianita Romero —la puta de Elianita Romero para los vecinos— estará mucho más contenta si se me olvida. Aunque bueno… espero que no, porque hay estudiantes de Erasmus en mi facultad. Y espero que los cánones de belleza en el resto de Europa me den, aunque sea, una sola oportunidad.
Puede que parezca desesperada, pero probad a estar desde julio hasta enero sin sex y ya me diréis.
Si, vale, ya sé que os he contado tooodas mis intimidades (y las que quedan todavía), pero sois vosotras, que os reprimís totalmente y no me contáis las vuestras.
jueves 15 de enero de 2009
El principio de un comienzo, o algo así...
Me llamo Evelyn Wills, pero todo el mundo me conoce como Eve, o Evy (como me llama mi abuela), cuando quieren conseguir algo (que probablemente y en principio no esté dispuesta a conceder); tengo dieciocho años para diecinueve, y la descripción más acertada que podría hacer de mí es la que Kurt Cobain hizo por última vez de sí mismo. Soy una criatura voluble y lunática. Y añadiría algo así como neurótica y, o caprichosa; pero eso ya sería de cosecha propia.
El caso es que estoy estudiando primero de carrera. Filología Inglesa, ni más ni menos. La verdad, yo quería hacer Traducción e Interpretación, pero el haberme pasado el último año de instituto tocándome las narices ha influido en mi ocupación actual. Bien es cierto que a los tíos suelen interesarles más las ingles que el inglés; pero no estoy estudiando filología para ligar ni nada de eso. Me gusta el inglés (y los ingleses, para qué mentirnos) pese a que no haya estado nunca en Inglaterra, que yo pueda recordar.
Por cierto, y ya que estamos, tal vez os preguntéis por qué mi nombre es tan… anglosajón. Bueno, la explicación es sencilla. Mi madre conoció a mi padre con quince años, se enrollaron a lo bestia y ella se quedó embarazada en aquel histórico 1989. Si es que ese año pasará a los anales de la historia como el año en que fue derribado el Muro de Berlín y el año en el que la maravillosa Elianita Romero, más conocida por los vecinos como la puta de Elianita Romero, se fugó con el guapísimo inglés a Inglaterra y se quedó embarazada. No se casaron, ni realmente hizo demasiada falta, porque los espermas británicos no entienden ese tipo de cosas. Al principio, mi madre lo achacó al problema del idioma, y tal, pero mi padre Josh Wills se hizo entender bastante bien. Y si no, aquí está la prueba.
La historia es que yo nací ya entrado 1990, justo un par de meses antes de que mi madre se enterase de que su flamante novio, y padre de su preciosísima hija, léase yo, estaba casado con una irlandesa con la que tenía dos hijos. Así pues, la puta de Elianita Romero, como la llaman todavía a sus espaldas, se largó con su niña y su mochila a casa de unos padres que la recibieron con los brazos abiertos, y adoran a su nieta sobre todas las cosas.
He de decir que no conozco a mi padre, así que no vale la pena siquiera, tener en consideración el hecho de que pueda llegar a conocer a mis hermanos. Soy, por otra parte, plenamente consciente de que mi padre quería de verdad a mi madre, o al menos, eso quiero creer. Porque pensar que eres fruto del amor en lugar de una infidelidad con alevosía y premeditación ayuda bastante a sobrellevar una vida que ya es de por sí bastante jodidilla. El caso es que él, Josh, volvió a Irlanda con su mujer y sus dos niños después de una reprimenda con alto contenido en insultos que Elianita Romero, también conocida como mi madre, le echó durante horas. Sé que ella se siente orgullosa, pese a todo, de, al final, haber elegido el camino correcto.
Supongo que os estaréis preguntando, a estas alturas, por qué os estoy contando toooodo eso sobre mi vida. Pues bien. La pregunta sería, ¿por qué no? No sé. Me gusta pensar que todos podemos escribir una historia con las más simples decisiones del día a día. Yo, simplemente estoy plasmando la mía.
sábado 23 de agosto de 2008

¿Alguna vez habéis perdido el control de vuestra vida? ¿Habéis sentido que las decisiones de los demás pisotean las vuestras, dejando vuestra vida fuera de control?
Yo si, y es algo totalmente desgarrador, porque de pronto sientes que no tienes control ni siquiera sobre tu propio futuro.
Mi propio castillo se vino abajo hace poco, y ahora toca reconstruir lo roto para poder seguir adelante. Vivir.
La princesa sin el príncipe.
Pero supongo que ahora toca caer de pie, intentar seguir adelante con una vida menos.
Progresar.
Como los gatos.